El mundo es un pañuelo

Es posible que te hayas encontrado con muchas personas de tu pasado sin darte cuenta. Cuando no estamos atentos, no nos damos cuenta de que el mundo es un pañuelo.

Recibí la segunda invitación de mi amiga Maya para visitar a un joven médico que trabaja con ella. A diferencia de la primera invitación, esta segunda se concretó y en todo el camino estuvimos conversando, actualizándonos sobre lo nuevo y no tan nuevo en nuestras vidas. Pude contarle sobre mi relación con Teseo, y mis ojos se iluminaban mientras hablaba de nuestra buena comunicación y cuánto nos agradamos el uno al otro.

Al inicio de la visita a este joven médico, no sabía en qué transcurriría tanto tiempo. No estaba demasiado cómodo y compensé esta sensación con tragos extra que terminaron haciéndome sentir un poco mareado. Reprimí un grito de júbilo cuando decidimos salir a comer algo. Al parecer necesitaba un poco de aire fresco, y estar en un ambiente con más personas.

Decidimos ir a un restaurante de comida típica de nuestra tierra. Los tres venimos de la misma ciudad en ruinas, y compartimos su cultura y parte de su tradición. Es por eso que nos sentimos a gusto en este pequeño espacio de Mileto, un lugar que nos hizo recordar nuestros orígenes en Pompeya.

Cuando se está lejos de lo tuyo, de lo que te pertenece, de tu tradición y tu gente, incluso los colores típicos, arreglos y fotografías causan una sensación única. Se trata de una añoranza desde lo más profundo del corazón.

Siempre desprecié mi propia cultura hasta que me vi desprovisto de ella. Hasta que esa música, esos colores, y esa gente se convirtió en un enlace emocional a lo que amo y a lo que me vio crecer.

La emoción se transformó en añoranza, y vinieron a mis ojos un par de lágrimas reprimidas cuando una escena se desarrolló frente a ellos.

Mi amiga Maya se encontró en ese pequeño restaurante a una de sus vecinas de la infancia. Se trataba de la dueña del local y su familia, que tenían un puesto de comida en Pompeya, y estaban ahora con nosotros en Mileto.

La mirada de reconocimiento. La frase «yo a usted la conozco, pero no sé de dónde». La sorpresa. El abrazo efusivo. La conversación corta para ponerse al día. Todo contribuyó a la escena alegre, y aunque no era yo el sorprendido por el destino, llenó mi corazón de la más pura alegría. El lugar cobró un nuevo significado. Ya no era únicamente un restaurante.

Puede ser impresionante cómo la distancia y la añoranza contribuyen a que dos personas se unan más que nunca. De haberse encontrado en nuestra ciudad natal, el abrazo no habría sido tan efusivo. La conversación no sería tan emocionante. Pero la distancia y esa sensación de haber compartido un pasado en la tierra amada unieron a dos personas que poco se conocían en una amistad potencial, que tan sólo necesita un poco de agua para florecer.